Las cuatro formas de gastar el dinero, por José Ignacio Beteta
En “Free to Choose” (1980), Milton Friedman, junto con su esposa y partner intelectual, Rose Friedman, desarrolla una reflexión interesante sobre el uso del dinero y los incentivos que determinan su administración. Su planteamiento parte de dos preguntas sencillas: primero, ¿de quién es el dinero que se gasta? Y, segundo, ¿quién recibe el beneficio de ese gasto?
El resultado es sumamente profundo. De la combinación de ambas preguntas surgen cuatro escenarios. El primero ocurre cuando una persona gasta su propio dinero en sí misma. Es el escenario que genera mayores incentivos para la eficiencia y la eficacia: quien paga busca economizar, comparar precios y obtener el mayor beneficio posible.
El segundo escenario aparece cuando gastamos nuestro dinero en otra persona, como sucede al comprar un regalo. Nos preocupamos por el costo, pero no necesariamente conocemos con precisión las preferencias de quien lo recibe. Somos eficientes porque queremos algo bueno, bonito pero barato. Es lo correcto, salvo que sea el amor de nuestras vidas.
El tercer escenario se produce cuando gastamos dinero ajeno en beneficio propio. Por ejemplo, cuando me regalan una tarjeta de crédito con línea ilimitada. En este caso, existe un incentivo para maximizar el beneficio personal, pero poca preocupación por el costo. Las propinas de nuestros hijos podrían ser un buen ejemplo, también. Está bien darles algo de dinero a la semana o al mes pero debemos enseñarles a ahorrar y a ser responsables.
Finalmente, está el cuarto escenario: gastar dinero ajeno en beneficio de terceros. Esta es la situación que plantea mayores dificultades de incentivos. Y esta es la situación en la que se encuentran los burócratas que trabajan en el Estado, todos. Quien usa los recursos no es quien los produjo ni necesariamente quien recibe el beneficio. Nunca arriesgo nada suyo. No le importa mucho el resultado. Por lo tanto, tiene menos incentivos para economizar y asegurar que el gasto responda a las necesidades del destinatario. Total, al final de mes recibirá un sueldo, sí o sí.
Entender que los funcionarios públicos están en esta última categoría es clave para generar conciencia ciudadana, vigilancia, empoderamiento, y para no permitir nunca que nos engañen con el cuento de que el Estado es una especie de entidad superior o sagrada. Nuestros impuestos se escapan al Estado, y posteriormente son funcionarios e instituciones, seres humanos como nosotros, quienes deciden cómo utilizarlos, por nosotros pero no para nosotros. Se genera así una separación entre quien paga, quien decide y quien recibe.
Hay buenos funcionarios, no lo dudo. Pero el problema es estructural: los incentivos del funcionario estatal son pocos, ligeros, y esto lo vemos todos los días. No es difícil darse cuenta de las consecuencias negativas del cuarto escenario. Dinero que se va en planillas estatales grasosas, en corrupción, en consultorías sin sentido, y todo frente a nuestros ojos, sin vergüenza, sin límites, sin consecuencias. ¿Hasta cuándo señora presidente Keiko Fujimori? Haga algo. La esperamos. La apoyamos.