Fecha: 28 octubre, 2026 Tipo de cambio : s/ 3.446

Menos impuestos, siempre es bueno, por José Ignacio Beteta

"Reducir impuestos genera dos situaciones éticamente positivas y valiosas. Primero, el dinero se queda en nuestros bolsillos. Nadie conoce mejor que uno mismo las necesidades concretas de su familia, sus proyectos y sus incertidumbres".  
Redacción Vigilante Publicado 8:08 am, 28 octubre, 2026

Bajar impuestos siempre es bueno. Y quien sostenga lo contrario quizá tenga alguna confusión ética al distinguir entre el dinero propio y el ajeno. La cuestión es sencilla: los impuestos financian a un Estado que, en teoría, debería devolverlos en forma de servicios públicos. Pero eso nunca ocurre.

Analicemos, entonces, esta realidad. En primer lugar, los impuestos son una creación humana, no un fenómeno de la naturaleza. Son artificiales. No son naturales. El dinero pasa de nuestras manos a las de una institución integrada por personas a las que confiamos la tarea de administrarlo mejor de lo que, supuestamente, podríamos hacerlo nosotros. Una curiosa forma de generosidad obligatoria y una estrategia absurda, si lo piensan un par de minutos más.

En segundo lugar, algunos burócratas, como los que hoy habitan los pasillos del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), parecen sucumbir a una tentación recurrente: confundir el poder de administrar con la capacidad de resolverlo todo. El Estado nació, fundamentalmente, para proteger a los ciudadanos y administrar justicia. Con el tiempo, sus funciones se multiplicaron, casi siempre acompañadas de una necesidad igualmente creciente de recursos. Conveniente coincidencia.

En tercer lugar, el dinero que uno conserva en el bolsillo tiene una virtud extraordinaria: sigue siendo suyo. Por eso, la resistencia a desprenderse de él no debería sorprender a nadie. Es comprensible que un ciudadano prefiera decidir sobre sus recursos antes que entregárselos a la SUNAT. Sin embargo, hemos terminado por aceptar que “no querer pagar impuestos” o cuestionar el apetito recaudador del Estado resulta sospechoso, cuando no moralmente reprochable. Y es al revés: no querer pagar impuestos está muy bien. Lo contrario sería extraño.

Así, la narrativa del gobierno no debe ser “anti evasión”. Debe ser “pro contribuyuente”. Reducir impuestos genera dos situaciones éticamente positivas y valiosas. Primero, el dinero se queda en nuestros bolsillos. Nadie conoce mejor que uno mismo las necesidades concretas de su familia, sus proyectos y sus incertidumbres.

Segundo, obliga al Estado a achicarse. Y cuando el Estado se contrae o reduce sus dimensiones, no necesariamente retrocede: también puede estar devolviendo espacio a la libertad individual y recursos a quienes los producen. Hace lo correcto. Esto es lo moralmente correcto, amigos del MEF.

Hasta hace algunos días se escuchaba (abiertamente) a representantes del MEF queriendo ampliar el Estado e incrementar la planilla pública. Parece que van retrocediendo en esta alucinantes ideas a punta de positiva presión presidencial. Si quieren seguir por el camino equivocado, convendría recordarles que el Estado no existe para garantizarse empleo a sí mismo. Su misión debería ser facilitar que los peruanos conserven más de lo que ganan, liberándolos de trabas, burocracia y regulaciones innecesarias, en lugar de convertir al contribuyente formal en una fuente de recursos bajo la siempre oportuna bandera de la lucha contra la evasión.

La lógica es bastante sencilla. Mis hijos la entendieron perfectamente. ¿La entenderán también nuestros burócratas? No importa, les respiraremos en la nuca todos los días.

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