Tenemos mucha energía para crecer, por José Ignacio Beteta
El Perú tiene una riqueza energética extraordinaria, pero todavía no hemos logrado convertir todo ese potencial en desarrollo. Contamos con gas natural y petróleo, ríos capaces de generar electricidad, un enorme potencial solar y vientos privilegiados, especialmente en la costa norte y sur. El desafío no es escoger una fuente y descartar las demás, sino aprovechar inteligentemente TODAS nuestras posibilidades. Sí se puede.
Las cifras del Ministerio de Energía y Minas son reveladoras. Nuestro país tiene un potencial estimado de 937 gigavatios (GW) de energía solar, 70 GW de hidroenergía, 20 GW de energía eólica y 3 GW de geotermia. Son magnitudes considerables, aunque conviene precisar que hablamos de potencial técnico estimado, no de centrales construidas ni de electricidad disponible de inmediato.
La distancia entre el potencial y la realidad es considerable. En septiembre de 2025, el MINEM informó que el Perú contaba con 191 centrales hidroeléctricas, con una capacidad conjunta de aproximadamente 5.750 megavatios. En marzo de 2026, las fuentes renovables no convencionales —solar, eólica, bagazo y biogás— representaron el 12% de la generación eléctrica nacional. Hay avances, pero también espacio para crecer. Todo va lento. Sí, es el Estado el problema. Es la burocracia. Es la inestabilidad. Es la falta de capacidad de los funcionarios a cargo de estos temas. Sí.
¿Significa esto que debemos tirar la toalla y mantenernos en esta situación? No. ¿Significa que debemos apostar exclusivamente por las energías renovables porque es “más fácil” o “más barato”? No. Significa que debemos desarrollar una matriz energética diversificada, capaz de aprovechar las ventajas de cada fuente y reducir nuestra vulnerabilidad frente a contingencias, contingencias que serán más frecuentes, por política internacional o por fenómenos climáticos.
Y sí, el clima importa. En periodos de escasas lluvias, la generación hidroeléctrica puede verse afectada. La producción solar depende de la radiación disponible y la eólica, de la intensidad del viento. Estas variaciones no son argumentos para descartar esas tecnologías, sino razones para combinarlas, invertir en transmisión, almacenamiento y sistemas de respaldo, y planificar con rigor.
En ese esquema, el gas natural puede cumplir un papel relevante para respaldar el suministro eléctrico y atender necesidades industriales, mientras desarrollamos progresivamente fuentes renovables. El gas debe ser usado ahora. Ya mismo. El petróleo, por su parte, sigue siendo importante para determinados usos y actividades económicas, aunque su disponibilidad, costo e impacto ambiental también deben formar parte de cualquier evaluación responsable.
Necesitamos, por tanto, una política energética que promueva la inversión, la innovación y la competencia; que otorgue reglas claras y previsibles, y que evalúe cada proyecto según sus costos, confiabilidad, impacto ambiental y aporte a la seguridad energética. Equidad no significa conceder idénticos subsidios a tecnologías distintas, sino evitar privilegios arbitrarios y permitir que cada alternativa compita bajo reglas transparentes.
La energía no es un fin en sí mismo. Se convierte en industria, empleo, educación, productividad y oportunidades para millones de peruanos. Se convierte en vida. Es un servicio básico, invisible, pero esencial para que podamos vivir. Literalmente, vivir. Tener recursos naturales es una ventaja; transformarlos en bienestar es una obligación.
El Perú tiene sol, viento, agua y gas. Como siempre, lo tenemos todo, y a la vez no tenemos realmente mucho. Es tiempo de cambiar esta realidad y pasar de ser pura potencia a ser acto, realidad, calidad de vida.