Fecha: 5 junio, 2026 Tipo de cambio : s/ 3.412

SUNAT e impuestos: nadie los toca, por José Ignacio Beteta

"Es frustrante ver como los políticos evitaron este tema en esta campaña. Me queda claro cuál es el mal menor, pero no espero mucho en los siguientes cinco años de ninguno en cuanto a una radical reforma del Estado. Muy triste y muy grave".
Redacción Vigilante Publicado 12:55 pm, 5 junio, 2026

Hay algo triste y grave en ver a dos candidatos presidenciales esquivar uno de los problemas más urgentes del país. Roberto Sánchez no da señales de querer reformar nada tributario -y si las diera, habría que desconfiar- y Keiko Fujimori apenas esboza algo en su plan de gobierno. Mientras tanto, el sistema tributario peruano sigue siendo ese edificio repleto de grietas, que nadie quiere derribar.

Empecemos por lo más cotidiano: la SUNAT. Esta institución, que debería inspirar civismo, parece haber encontrado su vocación en hurgar obsesivamente en las transacciones del contribuyente formal. Con los grandes evasores tiene una relación constante, pero ahora se quiere meter con los pequeños: el emprendedor que emitió mal una boleta, que no tenía un whatsapp de prueba con su proveedor, o que hizo un yape varias veces de limosna a una parroquia. La SUNAT va por todos, menos por los ilegales e informales en la sombra. La arbitrariedad con la que se exigen documentos, sustentos y pruebas es digna de un régimen estalinista: usted es culpable hasta que demuestre lo contrario y, si tarda en demostrarlo, también.

Economía y Finanzas y SUNAT van adoptando con entusiasmo cada nueva regulación tributaria global que sale, sin preguntarse si podemos cumplirla. El resultado es predecible: más cargas futuras para los pequeños que quieren crecer, y mercado servido en bandeja para las grandes corporaciones que tienen ejércitos de abogados para navegar la complejidad normativa. La concentración del mercantilismo corporativo agradece.

El sistema de beneficios y exoneraciones tributarias, por su parte, parece diseñado por alguien que empezó un rompecabezas hace veinte años y nunca lo terminó. No se trata de eliminarlos ni de inventar más, sino de ordenarlos y aplicarlos con inteligencia. Un FLAT TAX moderado, simple y parejo para todos, sería un sueño radical.

Finalmente, si la cosa se complica y el contribuyente quiere apelar, se encuentra con el Tribunal Fiscal. Ese Tribunal cuya puerta giratoria con la SUNAT es tan conocida que ya nadie finge sorpresa. La justicia tributaria, como se dice en estos casos, es un acto de fe. El que paga la cuenta, el contribuyente, es el perdedor inicial en todas las casas de apuesta.

Pero el problema de fondo es nuestra idea sobre “los impuestos”. La informalidad no es un vicio cultural ni un misterio sociológico. Es la respuesta racional de millones de personas a un Estado que cobra pero no cumple su parte del contrato. Pagar impuestos es el precio de servicios públicos de calidad, no el financiamiento de una burocracia que se reproduce a sí misma como una aldea de parásitos.

Es frustrante ver como los políticos evitaron este tema en esta campaña. Me queda claro cuál es el mal menor, pero no espero mucho en los siguientes cinco años de ninguno en cuanto a una radical reforma del Estado. Muy triste y muy grave.

*Publicado en Expreso

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