Fecha: 12 mayo, 2026 Tipo de cambio : s/ 3.428

Sin crecimiento no hay desarrollo: la confusión peligrosa de Roberto Sánchez, por Camila Costa

"Dicho de otro modo, lo que más sacó a los peruanos de la pobreza no fue el Estado repartiendo, sino la economía creciendo y generando empleos con mejores salarios".
Redacción Vigilante Publicado 8:49 am, 12 mayo, 2026

Cuando una empresa invierte, contrata personas. Cuando contrata personas, les paga un sueldo. Cuando esas personas tienen un sueldo, pueden pagar el médico de sus hijos, matricularlos en el colegio, ahorrar para poner un negocio, comer mejor. Eso —y no otra cosa— es el desarrollo humano en la práctica: plata en el bolsillo de la gente que le permite tomar decisiones y mejorar su vida. Por eso sorprende que Roberto Sánchez, candidato presidencial de Juntos por el Perú, haya declarado en Huaycán que el desarrollo humano «no se logra solo con crecimiento económico», como si ambos fueran caminos distintos. No lo son. El crecimiento, impulsado por la inversión privada, es la condición más importante para que el desarrollo humano sea posible. Sin él, todo lo demás son palabras.

¿De dónde sale el dinero para construir hospitales, universidades y escuelas de calidad —esas mismas que Sánchez promete— si no hay riqueza que distribuir? El Estado peruano financia sus servicios públicos con impuestos. Y los impuestos dependen del tamaño de la economía. Estudios internacionales han demostrado que un incremento del 10% en el ingreso per cápita está asociado a un aumento de alrededor de 11% en el gasto público en educación y de 11,4% en el gasto público en salud. No hay más educación ni más salud sin más crecimiento. Es aritmética, no ideología.

El propio caso peruano es la mejor lección, y los números son contundentes. En 15 años, la pobreza cayó de casi 60% a 20,2%. Ese logro no se explica por programas sociales ni por discursos de campaña, sino por el crecimiento económico sostenido. Pero hay un dato que merece detenerse: durante la década del boom económico 2000-2010, el crecimiento no solo redujo la pobreza, sino que además vino acompañado de una caída de aproximadamente 13,4% en la desigualdad, medida por el índice de Gini. Es decir, el Perú creció y, al mismo tiempo, se volvió más justo.

¿Cuál fue el principal motor de esa reducción de la desigualdad? No fueron los programas sociales. Fue la evolución de los ingresos laborales: los sueldos subieron porque había más empresas, más trabajo y más demanda de mano de obra.

Programas como Juntos contribuyeron, sí, pero de manera marginal. El protagonista fue el mercado laboral dinamizado por el crecimiento. Esto lo confirma también el Instituto Peruano de Economía: la reducción de la pobreza en el Perú se explica en gran medida por el crecimiento económico, y mucho menos por el impacto de los programas sociales. Dicho de otro modo, lo que más sacó a los peruanos de la pobreza no fue el Estado repartiendo, sino la economía creciendo y generando empleos con mejores salarios.

El mecanismo no es misterioso. Cuando las reglas son claras y el clima de negocios es favorable, la inversión privada crece. Ese crecimiento genera empleos formales —con sueldo, seguro, CTS y vacaciones— y más ingresos en el bolsillo de los peruanos. Familias con más ingresos ahorran, emprenden, contratan a otros. Los negocios crecen, pagan más impuestos, y el Estado puede invertir más en servicios para todos. Este círculo virtuoso es el que ha sacado a millones de la pobreza. Romperlo con incertidumbre jurídica, amenazas a la minería o un cambio constitucional que espante la inversión tiene un costo inmediato y concreto: más pobreza, menos desarrollo humano.

El propio Amartya Sen, referente intelectual del concepto de «desarrollo humano» que tanto invoca la izquierda, reconoció que el crecimiento económico es el medio más crucial para expandir las libertades que las personas valoran. No lo opuso al desarrollo: lo reconoció como su principal vehículo. Sánchez cita el fin pero ignora el medio que lo hace posible.

La propuesta de Sánchez no es audaz ni innovadora: es la misma receta que el Perú ya ensayó con Pedro Castillo, del que él mismo fue ministro. El resultado fue una inversión privada paralizada, empleos destruidos y una economía que tardará años en recuperarse. Plantear hoy que se puede alcanzar el desarrollo humano prescindiendo del crecimiento no es una visión de futuro; es repetir un error con otro nombre.

El desarrollo humano que el Perú necesita no viene de asambleas constituyentes ni de promesas de ingreso libre a las universidades. Viene de más inversión privada, más empleo formal, más empresas que crezcan y más peruanos con dinero en el bolsillo para darles a sus hijos lo que el Estado todavía no les da. Eso es crecimiento. Y sin crecimiento, el desarrollo humano es solo un slogan de campaña.

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