Colombia, antes y después de Petro, por José Ignacio Beteta

"Porque cuando un gobierno llega con todos los clichés de justicia social, pueblo, ricos, magnates, voluntad popular, cambiemos la constitución, lo único que demuestra -y la historia lo confirma- es que va a hacer cualquier cosa menos hacer bien las cosas"
Redacción Vigilante Publicado 1:55 pm, 8 mayo, 2026

Hay candidatos, presidentes y gobiernos que prometen transformar la historia. Refundar. Revisar. Cambiar la Constitución. Y generalmente o no lo hacen o lo hacen mal. No son confiables. La historia es clara al respecto. Pero lo que sí logran es detener el desarrollo.

El caso de Gustavo Petro es este. Petro no ha provocado un colapso en Colombia. Decir esto sería exagerado, pero sí la está destruyendo poquito a poquito. Colombia pasó de ser una economía dinámica a ser una más lenta… y bastante más incierta.

Antes de Petro, el país venía de una recuperación notable tras la pandemia. En 2022, la economía creció 7%. El consumo estaba activo, la inversión acompañaba y, aunque persistían problemas estructurales, el motor estaba encendido. Colombia no era perfecta, pero avanzaba con fuerza.

Y llegó Petro. Y con él, una palabra que empezó a repetirse en informes, análisis y conversaciones empresariales: desaceleración. En 2023, el crecimiento cayó a cerca de 0.6%. En 2024, la economía mostró una leve mejora, pero aún en niveles modestos. No es una crisis, pero tampoco es un desempeño que entusiasme. Pasar de crecer al 7% a menos del 1% en un año no es un simple ajuste, es un fracaso.

Y esto no es un simple tablero de números. Se siente. Cuando una economía genera confianza, la inversión fluye. Cuando hay dudas, se enfría. En Colombia, durante este periodo, la inversión privada mostró debilidad, con una caída significativa en 2023 y una recuperación parcial, pero insuficiente, en 2024. Más que una retirada masiva de capital, lo que se percibe es una actitud distinta: el capital no huye, pero duda. Menos trabajo. Menos consumo. Menos todo.

Su política energética. Paralizó la inversión en hidrocarburos. Colombia sigue dependiendo del petróleo para exportaciones y finanzas públicas. Reducir su protagonismo sin una alternativa consolidada genera preguntas incómodas: ¿cómo se reemplazan esos ingresos?

Su política fiscal. El país enfrenta un déficit elevado y un costo creciente de la deuda. Y en ese contexto, plantea elevar de forma increíble la inversión salud y pensiones, pero sin un contrapeso de mayor inversión, generación de riqueza y prosperidad. ¿Cómo financias más programas si no hay más riqueza? Porque hay una verdad sencilla: crecer al 1% o 2% no cambia la estructura de un país.

Finalmente, su discurso. Digámoslo claramente: su forma de ser. Su modo confrontacional y las tensiones que crea con importantes sectores económicos han contribuido a un clima en el que las decisiones de inversión se vuelven difíciles. No es solo lo que se hace, sino cómo se percibe, qué dice, qué gestos tiene.

Así, el problema no es solo económico, sino político. Porque cuando un gobierno llega con todos los clichés de justicia social, pueblo, ricos, magnates, voluntad popular, cambiemos la constitución, lo único que demuestra -y la historia lo confirma- es que va a hacer cualquier cosa menos hacer bien las cosas.

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