Fecha: 15 mayo, 2026 Tipo de cambio : s/ 3.413

Los mensajes cruzados de Roberto Sánchez: señales que no terminan de calzar

Entre gestos hacia Antauro Humala, cambios de posición sobre el BCR y discursos económicos sin anclaje técnico, Roberto Sánchez proyecta una línea política que varía según el público y deja dudas sobre la coherencia de su propuesta.
Redacción Vigilante Publicado 12:00 pm, 15 mayo, 2026

Roberto Sánchez viene dejando un rastro de mensajes incompatibles entre sí que dificultan entender cuál es realmente su proyecto político. En el tema Antauro Humala, su entorno intenta marcar distancia mientras los registros públicos muestran lo contrario. Humberto Morales, dirigente de Juntos por el Perú, ha declarado en entrevistas —incluida una reciente en Exitosa— que Humala no forma parte de la campaña ni tiene rol en la estructura electoral del partido. Sin embargo, videos y coberturas periodísticas registran al propio Sánchez participando en la conmemoración del Andahuaylazo junto al etnocacerista, calificando ese levantamiento armado como una “acción política” y saludando al “compañero Antauro” frente a la militancia, pese a que la justicia lo condenó por homicidio y secuestro de policías.

Esa ambivalencia no es solo simbólica. Deudos de los agentes asesinados y el excomisario de Andahuaylas han recordado públicamente que lo ocurrido en 2005 no fue un gesto político abstracto, sino una toma violenta de comisaría con secuestro y muerte de policías. Miguel Ángel Canga, quien estuvo en el lugar, ha descrito el episodio como un asesinato y un asalto con armas, cuestionando que se intente presentar el Andahuaylazo como un acto político legítimo. La combinación de un vocero que niega vínculos y un candidato que reivindica la gesta de Antauro deja una línea de tiempo incoherente: hacia afuera se ofrece moderación, mientras en espacios militantes se valida una narrativa que busca blanquear uno de los episodios más violentos de la historia reciente.

Con el Banco Central de Reserva ocurre un patrón similar. En un registro de campaña, Sánchez afirma que el primer día de su gobierno sacará a Julio Velarde del BCR, en sintonía con el discurso de Antauro Humala, que acusa al presidente del banco de responder a intereses extranjeros. Esa promesa se da en un contexto donde la autonomía del BCR y la gestión del actual directorio han sido claves para mantener una de las inflaciones más bajas de la región. Poco después, ya con los mercados reaccionando y el tipo de cambio moviéndose, el discurso cambia: el secretario general de Juntos por el Perú asegura en televisión que se respetará la autonomía del BCR y que Sánchez estaría dispuesto a tomarse un café con Velarde.

El resultado es un mensaje doble dirigido a públicos distintos. A una parte del electorado se le ofrece la imagen del político que confronta al poder económico y promete remover a Velarde. A la vez, ante la prensa económica y el empresariado, se intenta corregir la señal y se habla de continuidad institucional y diálogo. No es un simple matiz: son dos posiciones incompatibles sobre una institución central del andamiaje económico del país. Esa oscilación alimenta la percepción de que la línea económica de Sánchez no está guiada por criterios técnicos, sino por cálculos coyunturales.

Lo mismo ocurre cuando habla de desarrollo. Sánchez afirma que no quiere desarrollo económico, sino desarrollo humano. La frase busca marcar distancia de una visión puramente macroeconómica, pero termina desconociendo que el crecimiento, la inversión y la estabilidad de precios son condiciones necesarias para financiar justamente políticas de salud, educación y protección social. Puesta al lado de sus ataques a Velarde y de su reivindicación de figuras como Antauro, la idea de desarrollo humano queda sin anclaje en una estrategia coherente. Por un lado se cuestiona el modelo que ha permitido estabilidad monetaria; por otro se valida a un actor condenado por violencia política; y en medio se promete un Estado más activo sin explicar cómo se evitarían los problemas que ya se observan en empresas públicas como Petroperú.

Tomados en conjunto, estos episodios dibujan un patrón consistente. Frente a públicos distintos, Sánchez y su entorno ofrecen versiones que no encajan entre sí: Antauro como aliado estratégico en un aniversario del Andahuaylazo y como figura externa cuando la campaña lo exige; Velarde como enemigo a expulsar y luego como interlocutor con el que se puede conversar; el desarrollo económico como algo prescindible y al mismo tiempo como base implícita de las promesas de bienestar. Más que un cambio de opinión, lo que se observa es una dificultad para sostener una línea clara en temas de seguridad, memoria de la violencia y manejo económico, precisamente en los puntos donde un candidato debería mostrar mayor consistencia.

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