Fecha: 6 mayo, 2026 Tipo de cambio : s/ 3.491

La revolución que no tiene héroes, por José Ignacio Beteta

"Si Sánchez llega a Palacio, repetiremos al pie de la letra el guion de Humala en 2011: le pondremos el polo blanco, el Estado seguirá engordando, los grandes grupos sonriendo y la prensa aplaudiendo el espectáculo".
Redacción Vigilante Publicado 12:19 pm, 6 mayo, 2026

Vivimos en un país herido que alumbra su miseria con luces de bengala —récord en reservas internacionales o crecimiento del PBI—; un país sentado en un banco de oro al que ya nadie sacude el polvo.

El contribuyente peruano —especialmente ese animal raro de clase media— debe pagarle puntualmente a ese mismo Estado que organiza —y destruye— elecciones para garantizar su permanencia. Hemos llegado al punto en que solo cabe rezar por una saludable revolución —no un golpe de Estado, no se confundan—. Pero ¿quién la encabezaría?

No lo sé. Lo que sé es quiénes no podrán hacerlo: la gran empresa y el Estado. Es decir, casi todos los que hoy se autoproclaman “agentes de cambio” en foros de sostenibilidad y buenas prácticas corporativas.

El Estado, evidentemente, jamás será revolucionario. Es el enfermo y la enfermedad. Sin destruir su esencia corrompida no habrá salud, educación, seguridad o justicia que funcionen. Sus “líderes” jamás cederán un centímetro de poder o una sola planilla: son los CEO de una exitosa agencia de empleos y una perfecta empresa recaudadora.

Los grandes grupos económicos tampoco ofrecerán pelea. Su relación con el Estado es demasiado conyugal: le hablan al oído por otra línea directa. Y, encima, viven prisioneros de un catecismo progresista impuesto por la Bolsa, sus accionistas, certificaciones y una pléyade de influencers a quienes deben rendir tributo para no ser golpeados “digitalmente”.

Nada de esto es nuevo. La Revolución francesa no la planearon Luis XVI ni los duques de Versalles, sino la burguesía: informal, próspera, insolente. Los revolucionarios de 1789 eran, guste o no, algo así como los REINFO de su época: con mejores modales y caligrafía, pero igual de incómodos para el poder. La única diferencia es que aquellos querían libertad, igualdad y fraternidad; los de hoy quieren evadir impuestos. Aquellos querían cambiar el sistema; estos, escapar de él.

¿Quién, entonces, se rebelará contra este Estado que ha convertido la primera vuelta en un escándalo? ¿Quién, en esa clase media diversa y pujante, tendrá el estómago para conducir el país hacia otra ribera?

El fenómeno no es solo peruano: en toda la región y en Europa, las élites corporativas y estatales —unidas por un progresismo moralista— no saben responder ante la migración ilegal, el terrorismo o la dictadura de las minorías. Los grandes grupos siguen financiando talleres de civismo, democracia y “respeto por la diversidad”, convencidos de que con cursillos y eventos en San Isidro alcanzará para parchar un país que se desangra. Financian al mismo statu quo que no funciona, ahora con etiqueta de responsabilidad social y aplausos garantizados.

Si Sánchez llega a Palacio, repetiremos al pie de la letra el guion de Humala en 2011: le pondremos el polo blanco, el Estado seguirá engordando, los grandes grupos sonriendo y la prensa aplaudiendo el espectáculo.

La revolución peruana, por hoy, sigue esperando ángeles que no responden oraciones y héroes que no surgen radiantes de alguna cumbre al amanecer.

Publicado en Expreso

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