Mi obesidad me hizo entender el sistema de salud peruano, por Juan Carlos Salem
Desde que tengo uso de razón soy gordo. No “con sobrepeso”, no “de contextura gruesa”. Gordo. Así, sin eufemismos. Por 34 años fui el “Gordo Salem” (nadie sabía mi nombre) y hasta yo mismo, cuando me motivaba, me decía con cariño: “vamos, gordo, tú puedes”.
Mi madre no sabía qué hacer. Mis hermanos eran flacos, y yo era el distinto. Siempre luché con el peso: bajé más de 20 kilos tres veces y más de 10 kilos en otras dos ocasiones, pero la guerra la sigo perdiendo. El resultado: lesiones por sobrepeso, dolor crónico de espalda y rodillas, colesterol, triglicéridos y glucosa como montaña rusa.
Después de años, he llegado a una conclusión personal (no generalizable): mi problema de peso no es solo físico, tiene un fuerte componente mental. Lo vivo como una forma de adicción: como fumar o beber. Un impulso difícil de controlar. ¿Siempre fue así? No. ¿Se pudo frenar? Probablemente sí. ¿Se ha gestionado bien? Claramente no. He gastado mucho dinero y el sistema de salud también.
A los 36 años volví al Perú y entré al sistema de EPS. Hoy, con 18 años de experiencia en salud, pienso en lo que haría al ver entrar a un paciente de 116 kilos como una “bomba de tiempo” para el sistema.
Lo primero es simple: me preguntaría por qué esta persona está así. Esa alerta debió activarse hace mucho, en los chequeos médicos ocupacionales. Eso debió llevar a una evaluación médica integral. Idealmente un internista que coordine el caso, evalúe riesgos y derive correctamente. La clave es entender el origen: ¿es endocrino, conductual o mental?
Si es mental, sin tratamiento psicológico o psiquiátrico, el resto avanza poco. Si es endocrino, el manejo es clínico y directo. Si son hábitos, requiere intervención en disciplina, nutrición y estilo de vida.
Esto no es un problema de una sola parte. Es un compromiso de tres actores: el sistema de salud (seguros, clínicas y gestión), la empresa (RR.HH. y políticas de bienestar), y el paciente, que también tiene responsabilidad en su salud. El problema no es simple.
En salud mental: ¿psiquiatría o psicología? ¿Cuántas sesiones cubre el plan? ¿Qué tratamientos están financiados? ¿Cuál es el costo sostenido?
En endocrinología: exámenes iniciales, seguimiento, medicación. ¿Está cubierto? ¿Se hace presencial o virtual? ¿Se integra a programas de crónicos?
En hábitos: nutrición, actividad física, posibles intervenciones farmacológicas o quirúrgicas. ¿Cuándo se indica cirugía? ¿Qué pasa si hay recaídas? ¿Cómo se gestiona el riesgo?
La realidad es que todo es complejo y costoso. Y requiere sistemas integrados, no soluciones aisladas. Así, mi propia condición de salud y años en este sector, me permitieron sacar 4 conclusiones:
Primero. La experiencia importa más de lo que parece. En salud, no hay mucho margen para aprender “en el camino”. Es un sistema complejo y de alto riesgo. Se trata de vidas, no de procesos. Y además es intensivo en recursos: personal, infraestructura, tecnología, logística. Por eso, la experiencia clínica, administrativa y operativa es clave.
Segundo. Todos somos responsables del sistema. Ningún sistema de salud tiene recursos ilimitados. La ineficiencia, los errores, el uso excesivo o inadecuado de servicios y la falta de adherencia del paciente afectan a todos. Los proveedores deben ser eficientes. Los seguros, técnicos y sostenibles. Y los pacientes no pueden ser actores pasivos, tienen derechos pero también responsabilidades.
Tercero. Los sistemas integrados son esenciales. Atender a un paciente de forma fragmentada es ineficiente y costoso. Repetición de exámenes, falta de historial unificado, derivaciones desordenadas. Un sistema integrado permite seguimiento continuo, mejor triaje, menor desperdicio y mejor resolución. No todo debe ir a emergencia. La atención primaria y el triaje deben ordenar el sistema para no saturarlo.
Cuarto. La salud no es un negocio simple. Invertir en salud implica entrar a un sector complejo, regulado y con fuerte componente social. No siempre se maximiza rentabilidad, pero siempre se genera impacto. Es un sector donde la eficiencia y la sostenibilidad importan tanto como el propósito.
En resumen: mi obesidad no era ni es solo un asunto físico. Es un espejo de lo compleja que es la interacción entre operadores del sistema, empresas y pacientes. Y entender esto da luces de cómo deberíamos reformar, mejorar y gestionar nuestro sistema de salud.