Acuña se quedó sin Congreso y sin (el) norte
La caída de Alianza para el Progreso (APP) no es solo una derrota electoral. Es el derrumbe de un modelo de poder mercantilista. APP llegó a esta elección después de haber conseguido 15 curules en 2021 y de haberse instalado como una de las bancadas con mayor capacidad de maniobra en el Congreso saliente. Cinco años después, el partido aparece entre las agrupaciones que no superan la valla y pierden representación parlamentaria.
El dato más duro para César Acuña, sin embargo, no está solo en Lima ni en el Congreso. Está en La Libertad, la región donde fue alcalde de Trujillo, gobernador y jefe de un aparato político que durante años vendió la idea de eficacia, fortalecido por una red de universidades que durante años funcionó como soporte territorial, logístico y simbólico de su expansión política. En el reporte oficial de la ONPE difundido durante el conteo regional, con 56,375% de actas contabilizadas, Keiko Fujimori aparecía primera con 19,620%, seguida por Jorge Nieto con 11,456%, Rafael López Aliaga con 9,948% y Rosario Fernández con 9,111%. Más abajo figuraban Carlos Álvarez con 8,524%, Ricardo Belmont con 6,564% y Roberto Sánchez con 6,334%. Acuña ni siquiera aparecía entre los siete primeros en la región que debía rescatarlo.
Ese es el núcleo de la historia: los electores ya no lo salvaron. Durante años, Acuña compensó la falta de una propuesta nacional reconocible con dos activos muy concretos: control territorial en el norte y su capacidad para mantenerse vigente desde los espacios de poder que ocupaba, incluso cuando el respaldo ciudadano empezaba a abandonarlo. En 2026, ambos fallaron. La Libertad dejó de responder como refugio automático, y su cercanía al Ejecutivo del último quinquenio ya no pudo servirle como espacio para conservar relevancia.
La razón de fondo es política. APP acumuló poder, pero no construyó una identidad clara fuera de la lógica del “acomodo”. Su paso por el último periodo quedó mucho más asociado a pactos, cuotas y supervivencia que a reformas concretas o a una agenda reconocible para el ciudadano. Esa distancia entre poder e identidad terminó pasándole factura. Antes de la elección, los expertos ya advertían que varias candidaturas terminarían en el rubro de “Otros” y que “ninguna candidatura tenía solidez”; ese diagnóstico terminó alcanzando de lleno a Acuña. El analista político Iván Arenas ha insistido en que estructuras como APP pueden administrar poder durante años, pero se vuelven especialmente frágiles cuando no logran sostener una identidad política reconocible frente al elector.
La erosión también venía cargada de antecedentes. En marzo, una investigación periodística reveló que, poco antes de renunciar al Gobierno Regional de La Libertad para postular a la presidencia, la gestión de Acuña activó una campaña publicitaria nacional con fondos públicos para posicionar su administración en redes y plataformas digitales. Días después, otro reportaje advirtió que las candidaturas congresales de APP reforzaban la imagen del partido como una “fuerte red de clientelismo político”. No son hechos menores: ayudan a explicar por qué una organización que conservaba poder institucional llegó tan debilitada al momento de pedir votos.
Su propia ineficiencia terminó por pasarle factura
La pérdida de respaldo tampoco puede separarse del balance que dejó en su propia gestión. En La Libertad, Acuña dejó el Gobierno Regional bajo la sombra de cuestionamientos por obras trabadas, infraestructura sin ejecutar y presuntas irregularidades en el uso de recursos públicos. A fines de 2024, se reportaron 262 obras por más de S/ 259 millones con 0% de ejecución, entre hospitales, colegios y carreteras, una postal difícil de conciliar con el discurso de eficiencia que durante años buscó posicionar junto a su marca política. A eso se sumó, ya en 2026, el golpe de un informe de Contraloría que detectó un perjuicio económico de S/ 2.3 millones en el programa Procompite 2023 —que financia proyectos productivos—, con indicios de cobros irregulares y manipulación de puntajes durante su gestión regional.
En Trujillo, además, durante sus dos gestiones municipales entre 2007 y 2014, su paso por la alcaldía nunca dejó de arrastrar la sombra de la vieja lógica clientelar: desde los audios sobre presunta compra de votos para su reelección hasta el uso de recursos municipales para reforzar su imagen, episodios que erosionaron con el tiempo la narrativa del gestor eficaz.
La crítica tampoco es nueva. Ya en 2015, el abogado y analista político Martín Santiváñez sostenía que la lógica de APP estaba ligada a “crear redes clientelares” y a “otorgar dádivas al electorado” para obtener respaldo. Más de una década después, lo que castigan las urnas parece ir en esa misma dirección: un partido que fue eficaz para ocupar espacios, pero cada vez menos convincente para representar algo más que los intereses de su dueño.
Por eso, la caída de Acuña no debe leerse como un simple mal resultado. Perder el Congreso era grave; perder La Libertad lo vuelve devastador. Porque cuando un líder ya no consigue que su propio bastión lo sostenga, lo que entra en crisis no es una campaña, sino la fórmula completa con la que construyó poder. En 2026, el voto le dijo a Acuña algo más duro que una derrota: que su modelo dejó de servirle incluso en casa.