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Editorial: Un nuevo Tribunal Constitucional, por Jose Ignacio Beteta

Publicado 5:43 pm, 11 Mayo, 2022

El último escándalo del señor Pedro Castillo nos puede distraer sobre algo clave: el Pleno del Congreso escogió este 10 de mayo a los nuevos 6 magistrados del Tribunal Constitucional (TC). Y esto no es poca cosa. Teníamos años (literalmente, años) esperando esta elección y por fin se llevó a cabo. El TC fue elegido sin previo debate ni cuestiones previas, y con el sistema de voto individual, fórmula legalmente posible y acordada en la Junta de Portavoces del Legislativo. Así, el proceso no duró mucho y pasó bastante inadvertido en medio de un martes sin más novedades.

Sin embargo, el TC cumple un rol trascendental. Es el máximo y último intérprete de la Constitución, y por lo tanto, de la legalidad e idoneidad de leyes, normas, sentencias y otros asuntos legales y administrativos que cualquier peruano o institución afronta en su vida cotidiana.

Las críticas no se hicieron esperar. “Esta señora simpatiza con el Opus Dei”… “Él fue abogado de López Aliaga”… “A él no le renovaron el contrato en el mismo TC”… Y esto es positivo. Antes de ser nombrados y desde ahora, con mayor razón, Morales, Gutiérrez, Domínguez, Pacheco, Monteagudo y Ochoa, son mucho más vulnerables al escrutinio público. Deben ser vigilados, de modo que sean lo más prudentes, sensatos, responsables y respetuosos en su desempeño. Pero no hay gravedad ni polémica relevante en lo que se les imputa, seamos honestos. Reúnen las condiciones para ocupar el cargo al que postularon y fueron convocados.

Mucho más polémico fue el actuar de los anteriores magistrados, Ledesma y Espinoza-Saldaña, quienes en varias ocasiones no solo opinaron públicamente motivados por su sesgo ideológico personal, sino que participaron de forma activa en el debate político, mostrando sus preferencias con poco reparo, algo que, a todas luces, enturbió y distorsionó la imagen de la institución que representaban.

El nuevo TC sería ideológicamente, al parecer, más cercano a la “centro derecha”, pero lo cierto es que es apresurado etiquetarlos, dado que están empezando su período. Además, una vez que asuman sus funciones, sus posiciones, opiniones, comentarios, actitudes y, por lo tanto, sus decisiones, cambiarán y no necesariamente hacia las que fueron sus tendencias, simpatías u opiniones personales. Aunque sea imposible, esperamos que la ideología sea lo menos presente en su debate jurídico.

Finalmente, el TC influye en la vida de los peruanos mucho más de lo que pensamos. Puede determinar en materias económicas, políticas, administrativas y sociales. Los nuevos magistrados tendrán que evaluar en breve la legalidad de las restricciones a la tercerización que quiere implementar el Ministerio de Trabajo, restricciones que, según varios especialistas, tienen un alto grado de inconstitucionalidad.

También deberán debatir -todo apunta a ello- sobre la ley aprobada con respecto al directorio de la Superintendencia Nacional de Educación (Sunedu), norma que viene recibiendo potentes críticas de diversos sectores, pero no parece ser tan nociva como sus adversarios la pintan. Y aunque no se sepa, cualquier ciudadano puede elevar un caso al Tribunal Constitucional si es que agota las instancias judiciales previas.

En conclusión, no hablamos de una entidad alejada de la vida cotidiana de los peruanos o encumbrada en alguna burbuja. Al contrario, en los últimos años el TC se ha vuelto mucho más importante porque el debate político y legal sobre diversos temas constitucionales se ha acelerado e intensificado.

Lo que toca hoy es respetar, dialogar, unirnos, guardar la compostura y empezar una nueva etapa, con buen ánimo y optimismo, enfrentando los verdaderos problemas del país. El TC hoy no es un problema, es una oportunidad. El verdadero problema pasa por la enorme cantidad de escándalos que nos regala día a día nuestro presidente y quienes lo rodean. Entonces, Twitter, las redes sociales y algunos líderes o grupos pueden estar en desacuerdo con los elegidos, pero no pueden estar en desacuerdo con las reglas de juego que los llevaron a ser elegidos, ni con su legitimidad. Con lo que deberían estar en desacuerdo es con la enorme cantidad de escándalos que nos regala el Poder Ejecutivo. 

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