Lo que el ausentismo electoral muestra y lo que oculta
El Perú llegó a la segunda vuelta del 2026 con el padrón electoral más grande de su historia. En apenas una década, entre 2016 y 2026, la población electoral creció en casi cuatro millones de personas, reflejo de un país más urbano, más envejecido y más complejo. Sin embargo, ese crecimiento no vino acompañado de mayor participación. Mientras en 2016 la asistencia superó el 80%, en 2026 cayó al 69%. La consecuencia es contundente: casi siete millones de peruanos no acudieron a votar.
La interpretación inmediata fue política. Se habló de apatía, rechazo a la oferta electoral y desconfianza en las instituciones. Y aunque esa lectura tiene sustento, no explica toda la historia. El ausentismo también responde a barreras estructurales que afectan a ciudadanos que, aun queriendo votar, simplemente no pueden hacerlo. En zonas rurales, muchos deben caminar horas para llegar a su local. En el extranjero, miles viven a cientos de kilómetros de su consulado. En las ciudades, millones trabajan en horarios que no les permiten desplazarse. Estas limitaciones existen y condicionan la participación.
Pero el caso de los distritos A/B de Lima revela un fenómeno distinto. En Miraflores, San Isidro, Surco o Barranco —zonas con altos ingresos, múltiples locales de votación y facilidades logísticas— el ausentismo bruto bordeó entre el 26% y el 30%. A primera vista, parece desinterés injustificable. Sin embargo, un análisis más riguroso muestra que una parte importante de ese ausentismo no es voluntario. En los doce distritos A/B se registraron 346,934 ausentes, pero al depurar la cifra aparecen tres grupos que inflan artificialmente el ausentismo: adultos mayores que representan un ajuste del 22% y que en muchos casos han fallecido o tienen movilidad reducida; residentes en el exterior que constituyen entre el 5% y el 8% del padrón y mantienen domicilio en Lima pese a vivir fuera del país; y personas con movilidad reducida o enfermedades crónicas que añaden un 4% adicional. En conjunto, estos factores explican el 36.8% de los ausentes, lo que equivale a 127,672 personas que no votaron por razones demográficas, no políticas.
El ausentismo voluntario real en estos distritos asciende a 219,262 personas, equivalente al 17% del padrón. Los datos por distrito confirman esta tendencia: en Miraflores, el ausentismo bruto de 29.8% se reduce a 19.1% al ajustar por factores estructurales; en San Isidro, de 28.3% a 18.0%; en Barranco, de 26.5% a 16.6%; y en Surco, de 26.6% a 16.8%. El ausentismo real es alto, pero no excepcional. Se ubica entre 16% y 19%, niveles comparables con segundas vueltas anteriores. Incluso la brecha entre distritos A/B y distritos populares se reduce cuando se ajusta por envejecimiento: de una diferencia bruta de seis a ocho puntos, la brecha real cae a cuatro o cinco.
¿Qué revela esto? Que el ausentismo no puede interpretarse únicamente como rechazo o apatía. Una parte importante es demográfica. Pero también es cierto que, incluso después del ajuste, uno de cada seis electores con plena capacidad de votar decidió no hacerlo. En distritos con mayor educación y acceso, esa decisión es un mensaje claro sobre la calidad de la oferta política y la desconexión entre ciudadanía e instituciones.
El ausentismo real no es una emergencia democrática, pero sí una señal. Una señal de que la ciudadanía más informada está exigiendo algo distinto. Una señal de que la política peruana necesita reformas profundas para recuperar legitimidad. Y una señal de que la participación no puede darse por sentada: hay que reconstruirla desde la evidencia, desde la transparencia y desde la responsabilidad cívica diaria.