DESTACADA OPINIÓN

Editorial: ¿Defendemos o no nuestra bandera? Por Jose Ignacio Beteta

La congresista Nieves Limachi Quispe tiene el derecho a querer otra bandera. Hoy en día, los derechos se inventan en segundos. Eso no está en discusión. Quizás lo que le faltó a Limachi no era el “derecho” a avalar una propuesta ciudadana para cambiar el Pabellón Nacional (la propuesta original es del ciudadano Marcos Fortunato Mendoza Huamán), sino la justificación adecuada, la oportunidad, la finalidad, y obviamente una opción más atractiva.

Empecemos como abogados del diablo. En primer lugar, los estados modernos latinoamericanos fueron inventados. No había diferencia cultural, económica y política considerable hace 200 años como para dividir el norte de Sudamérica en Venezuela, Colombia y Ecuador. Chile es un invento. Uruguay también, y hasta quizás nuestro país lo sea…

Se dividió Sudamérica para satisfacer los intereses económicos y de poder de las elites una vez expulsados los españoles. Los nuevos terratenientes, políticos y empresarios se repartieron el territorio por razones mucho más coyunturales que esenciales.

Es cierto que hacia el siglo XIX las distintas subregiones de Sudamérica ya tenían costumbres, acentos, cocina y tradiciones particulares, pero eso sigue ocurriendo al interior de cada país. Cada nación tiene micro culturas que conviven y se complementan: es distinta la comida de Medellín frente a la de Bogotá, y la de Guayaquil frente a la de Quito. Pero esto no era justificación para construir un estado nuevo. Así, las banderas y los símbolos patrios sirvieron como mecanismos sociales de creación de patriotismo, no como el fruto de este último.

En segundo lugar, cada vez hay más colectivos y líderes que anhelan un mundo sin banderas, sin fronteras, migraciones, visas y permisos… Y no me parece un mal sueño. Cada viaje es un martirio y cada aeropuerto un experimento de control social autoritario al más puro estilo de una película futurista. Entonces las banderas no serán necesariamente símbolos eternos. Un mundo sin fronteras ni banderas no le vendría mal a nadie, independientemente de que respetemos nuestras ideas, creencias, costumbres y estilos de vida.

Ahora me toca criticar la propuesta de Mendoza y Limachi. Así y todo, las banderas hoy cumplen un rol muy importante y no solo son inventos, guardan mucha cultura, historia, amor, pasión y tradición.

Primero, nuestro pabellón bicolor, más allá de cualquier ánimo progresista de deconstrucción o posverdad, es un elemento unificador. Y lo es para cualquier país del mundo. Es un elemento que nos permite sentir orgullo, pertenencia, seguridad, identidad, nos da algo por lo cual soñar, pelear, gritar, hinchar, etc.

La bandera, en segundo lugar, encierra lo que hemos vivido juntos: vivimos juntos -a través de nuestros antepasados- 200 años de historia; la independencia, la guerra del Pacífico, el centenario de la independencia, el retorno de Tacna a la patria, la guerra con Ecuador, la dictadura de Velasco, la lucha contra el terrorismo, la hiperinflación de Alan, la recuperación económica de los 90, la caída del terrorismo y la de Fujimori, el boom de nuestra gastronomía y turismo, y también estos últimos años de crisis, incertidumbre y descalabro.

Tercero, no hay forma más fácil de identificarnos y de ser identificados en el planeta que a través de una bandera. La nuestra es sencilla y única, blanquiroja, de paz y de sangre, de calma y pasión, de pureza y amor, de frio y calor, de nieve y desierto, de simpleza y complejidad. Es nuestra y de nadie más.

Y cuarto, debo decir también que la opción que plantea don Marcos Fortunato Mendoza Huamán, es una mezcla rara entre la bandera de Bolivia y algún país africano que definitivamente nadie conoce. Más allá de su probable buena intención, en su propuesta hay confusión y alienación. Mendoza y Limachi nos quieren convertir en una especie de Bolivia bamba, bamba como el 90% de productos que ingresan de este país por Desaguadero.

En conclusión, no hay justificación para cambiar la actual bandera, no hay un por qué o para qué contundente, no es el momento ni es prioritario y la propuesta es horrible. Ojo: no se trata solo de gritar y decir “no toquen mi bandera” por pura pasión o impulso, se trata de ir más allá y defenderla por las razones correctas. Quizás mañana el debate sea distinto, pero hoy, hoy nos quedamos con la blanquirroja, y la defenderemos en Qatar, como la defendimos en Rusia.

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