Comunidades fragmentadas: el problema silencioso que nadie aborda…, por José Ignacio Beteta
En el debate público peruano suele hablarse de comunidades campesinas o nativas como si fueran bloques homogéneos, cohesionados y con una sola voz. En la retórica política aparecen como actores colectivos claros, con posiciones definidas frente al Estado, la inversión privada o los conflictos. La prensa y diversos actores ideológicos los usan así, los quieren mostrar así. La realidad es bastante más compleja.
En muchos casos, las comunidades rurales del Perú enfrentan problemas de gobernanza interna y representación. Estos problemas no siempre son visibles desde fuera, pero tienen un impacto decisivo en la manera en que se desarrollan los conflictos sociales, especialmente en territorios donde existen recursos naturales o proyectos de inversión.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del fenómeno. De acuerdo con el III Censo de Comunidades Nativas y Campesinas del INEI, una proporción significativa de comunidades reporta conflictos en sus territorios: aproximadamente el 30% en la Amazonía y el 37% en la costa y la sierra reconocen enfrentar disputas internas o externas.
Obviando las típicas disputas con respecto a la inversión privada, las más visibles, pero no las más numerosas, analicemos un momento el ámbito interno. Estas disputas internas pueden adoptar múltiples formas. Algunas son conflictos entre comunidades vecinas por límites territoriales o recursos. Otras enfrentan a comuneros entre sí, a facciones internas o a líderes que disputan legitimidad. Y estas son invisibles pero se dan todos los días. Nadie habla de ellas. Nadie quiere hablar de ellas. Ideológica y políticamente no es conveniente mostrar a las comunidades así, pero esto sí que es real.
Diversos estudios académicos han señalado que muchas comunidades campesinas enfrentan dificultades para gestionar conflictos internos, articular intereses diversos entre sus miembros y mantener sistemas claros de representación colectiva. La ausencia de mecanismos institucionales sólidos para mediar disputas internas o garantizar rendición de cuentas erosiona la legitimidad de las autoridades comunales y genera divisiones profundas dentro de la comunidad. Un clásico para los que trabajamos en proyectos de inversión social y desarrollo sostenible. Pero, repito, nadie lo quiere sacar a la luz.
Lo que no entienden (o no quieren entender) muchos, especialmente quienes romantizan a las comunidades rurales o quieren usarlas para fines políticos o ideológicos, es que cuando éstas son débiles por dentro, su capacidad de negociación frente a actores externos se reduce.
En contextos donde aparecen proyectos de inversión, concesiones mineras o disputas territoriales, la fragmentación interna puede traducirse en posiciones contradictorias dentro de una misma comunidad. No todos los comuneros necesariamente comparten la misma visión sobre el desarrollo de proyectos o el uso de los recursos de su territorio. Y esto debe ser evidenciado, para ser resuelto de la mejor manera posible.
Si no aceptamos que la mayoría de comunidades o estructuras comunales en Perú no saben gestionarse, ordenarse, ponerse de acuerdo y no saben, por lo tanto, formar parte de un sistema mas amplio de democracia, Estado de derecho, inversión y formalidad, no podremos generar inversión sostenible, desarrollo, prosperidad y mejor calidad de vida para las nuevas generaciones.
En otras palabras, la conflictividad rural en el Perú no puede entenderse solo como un problema de recursos naturales, de inversión privada o de políticas públicas. Es principalmente un problema de gobernanza.
Fortalecer las capacidades institucionales de las comunidades —mejorar mecanismos de resolución de conflictos, promover transparencia en la toma de decisiones y fortalecer la legitimidad de sus autoridades— es una tarea tan importante como cualquier reforma en materia de desarrollo territorial o inversión.
De lo contrario, las tensiones internas en nuestras comunidades rurales seguirán reproduciéndose y los conflictos sociales continuarán siendo un rasgo recurrente de nuestro contexto, algo que es triste, pero le conviene a ciertos sectores ideológicos y políticos que viven, ganan dinero u obtienen poder de ello. Empecemos a hablar de esto más seguido. Empecemos a aceptarlo. Empecemos a trabajarlo.