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La macroeconomía sonríe, el país se cae a pedazos, por José Ignacio Beteta

Redacción Vigilante Publicado 6:11 pm, 7 marzo, 2026

Hay algo tranquilizador en los cuadros macroeconómicos. Inflación baja, deuda pública manejable, reservas internacionales sólidas. En las presentaciones de bancos de inversión internacionales, Perú aparece como un alumno extraño pero aplicado. Un pequeño milagro tecnocrático en medio de un contexto turbulento. “Oye, Perú, qué loco, ¿no? Todos los días cambian de presidente, pero qué solida la economía” se escucha en cualquier conversación de coyuntura.

Y claro, esto es muy conveniente para las grandes empresas y grupos económicos: necesitan que esas buenas noticias floten internacionalmente porque ellos sí viven de la Bolsa de Valores y la Macroeconomía. Todo bien, pero ya basta de pagar prensa, académicos o medios para mostrar un optimismo tan incompleto.

El problema es que uno sale a la calle. Y la calle no miente. El problema es que el milagro no es la economía, no hay ningún milagro.

Porque mientras los economistas celebran la estabilidad macroeconómica, el ciudadano promedio sigue enfrentando hospitales que no funcionan, escuelas precarias, sindicatos corruptos, infraestructura insuficiente, informalidad masiva y un Estado que muchas veces parece incapaz de resolver problemas básicos. En otras palabras, la macroeconomía peruana puede verse impecable en Excel o Power Point pero la realidad del país es profundamente frágil.

Pero este contraste no es un misterio para la teoría económica. Y los economistas lo saben. Esto es lo más grave. De hecho, muchos, los honestos, han advertido durante décadas que la estabilidad macroeconómica, aunque necesaria, está muy lejos de ser suficiente para explicar el desarrollo.

El economista Dani Rodrik lo explica con bastante claridad: los balances macroeconómicos solo describen el equilibrio financiero de un país, no su capacidad institucional. Un país puede tener cuentas fiscales ordenadas y, al mismo tiempo, un Estado incapaz de funcionar. Es como tener una contabilidad impecable en una empresa que, sin embargo, produce mal, innova poco y gestiona pésimamente.

La estabilidad macro, en ese sentido, es una condición mínima de racionalidad económica. Pero no es el desarrollo. Es el piso. No el edificio. Es la estructura de la casa, pero no lo que está dentro.

Algo similar sostienen Daron Acemoglu y James Robinson en su célebre libro Why Nations Fail. Lo que realmente determina el éxito de un país no es la estabilidad financiera sino la calidad de sus instituciones. ¿Cómo describirías las instituciones en Perú? Informalidad. Planillas enormes. Burocracia creciente. Desorden por donde se busque. Malgasto de dinero. Copamiento político de entidades técnicas. Corrupción.

Así, el crecimiento peruano es inútil, se vuelve frágil, desigual o simplemente ilusorio. Es un dato financiero, no un cambio real. La estabilidad monetaria no construye hospitales. El equilibrio fiscal no reforma sistemas judiciales. Las reservas internacionales no arreglan burocracias ineficientes, grasosas y corruptas.

Desde los años noventa Perú ha mantenido una de las políticas macroeconómicas más prudentes de la región. La inflación ha permanecido controlada, la deuda pública es moderada y el Banco Central goza de credibilidad técnica. Estos logros son reales y merecen reconocimiento.

Pero conviven con la realidad más importante: un país donde cerca de dos tercios de la economía operan en la informalidad. Donde la provisión de servicios públicos es primitiva. Donde la capacidad del Estado para ejecutar infraestructura o regular mercados es casi nula, y la confianza ciudadana en las instituciones es invisible.

La conclusión es incómoda pero inevitable: la macroeconomía peruana puede estar bien, pero favorece a unos cuantos, y realmente somos un meridiano proyecto de desastre. Si no cambiamos de rumbo y si no miramos la realidad de una forma menos privilegiada, estaremos condenados a una esquizofrenia constante y una división cada vez mas profunda entre la clase tecnocrática de club y el pueblo informal, ese que constituye el verdadero Perú, el mayoritario.

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